Migración: Conociendo el rostro de Dios
Por Paul Jeffrey, periodista, miembro personal de WACC
La migración se ha convertido en una ventana
por la cual podemos ver los desafíos de Centroamérica a simple
vista. Es fruto de muchos males, causa de otros. Pero también abre
nuevos oportunidades, si tenemos la creatividad para responder. Como manera
de tocar de manera rápido algunas de estas, quiero compartir algunas
personas que he encontrado en mi trabajo de cubrir el tema de migracion como
periodista.
Patricia Zapeán es Mexicana. Cuando
oye el silbato del tren, se acerca a la puerta temblando por lo que ella sabe
que seguramente ha de ver. Su casita se encuentre junto a las vías
del ferrocarril que pasa por Tapachula, una ciudad en el estado de Chiapas,
a una media hora al norte de la frontera de México con Guatemala. Desde
su casita siempre ve cómo los policías tratan brutalmente a
los migrantes empobrecidos de Centroamérica que aguardan para montarse
al tren carguero, la manera más barata – y quizás la más
peligrosa – de viajar hacia el norte. "La policía los tira
al suelo y los patea mientras les gritan: ‘¿Dónde tiene
el dinero?’ Si no les dan el dinero, los siguen golpeando. La policía
sabe dónde buscar. Palpan todas las costuras de la ropa de los migrantes
buscando el dinero escondido. Si no encuentran ningún dinero se ponen
furiosos y los golpean más fuerte. Me siento avergonzada", dice
Zapean. "Pero cuando nosotros intervenimos, gritándoles que los
dejen ir, la policía nos acusa de ser polleros. Eso me pone furiosa".
El drama de que Zapean es testiga desde la puerta de su casa
ilustra la convergencia de corrupción, grandes negocios y realpolitik
internacional sobre las mismas espaldas de algunos de los migrantes más
pobres del mundo que, provenientes de toda la tierra, pasan por esta parte
de México camino al norte.
Hace ya mucho tiempo que la geografía ha convertido al sur de México
en un paso clave en el peregrinaje de los migrantes. Esencialmente la parte
más estrecha del embudo, durante años el istmo ha visto pasar
anualmente cientos de miles de migrantes. Algunos vienen de muy lejos, de
Africa e India, pero como en su gran mayoría esos pueden utilizar los
servicios de los costosos polleros, no se los ve por las vías del tren
frente a la casa de Zapean. Los migrantes que se trepan a los trenes de carga
son centroamericanos, en su mayoría hondureños y salvadoreños,
de países devastados por huracanes y terremotos que no les pueden ofrecer
prácticamente ninguna esperanza de una vida mejor. En el pasado, si
la policía mexicana los detenía, simplemente los regresaban
al otro lado de la frontera con Guatemala. Después de robarles sus
pertenencias, por supuesto. Pero en 2001 el presidente mexicano Vicente Fox
ofreció cerrar el embudo a cambio de un mejor tratamiento para los
mexicanos indocumentados que viven en los Estados Unidos. Conocida como Plan
Sur, esta nueva política ha cambiado el rostro de la migración
en el sur de México, haciendo más difícil el camino de
los migrantes.
José René López es Hondureño,
de las frias montañas de Intibucá, y camina por los rieles frente
la casa de Zapean. "México es precioso, ¡pero cómo
he sufrido! Pasar sin papeles es difícil", canta López,
un migrante de veinte años de edad, mientras esperaba el tren carguero.
"He viajado cinco mil kilómetros, y recuerdo cada uno de ellos".
Es una canción de los Tigres del Norte, y resulta muy popular entre
los migrantes, que pasan sus días viviendo la letra de la canción.
Me gustó la canción, y pedi a López que cantara todo.
"Cuando dejé mi tierra nativa con la intención de marcharme
a los Estados Unidos, sabía que necesitaría más que coraje,
que los mejores de nuestro grupo morirían en el camino", cantó
López después de abrocharse la chaqueta, recogiendo su cabello
hacia atrás y aclarando su garganta varias veces en medio de las aprobaciones
de los migrantes a su alrededor. "Tuve que cruzar tres fronteras. Tres
veces crucé sin documentos. Tres veces tuve que arriesgar mi vida.
Por eso digo que soy tres veces mojado".
La canción es una balada popular en Centroamérica, donde millones
han transitado por la ruta que la letra describe. Hace preguntas estremecedoras:
"Después de haber cruzado la frontera de Guatemala con México
me arrestaron, aun cuando compartimos el mismo lenguaje y el mismo color de
piel. ¿Cómo puede ser que me llamen extranjero?"
Si bien la canción toca el maltrato de los migrantes en México,
también describe cómo "un mexicano llamado Juan" ayudó
al peregrino en medio del desierto. "Si no me hubiera dado una mano,
estaría muerto", López canturreó.
El tributo a la solidaridad mexicana se propagó a lo largo de las vías
del tren en Tapachula. A medida que pasaban las horas sin que el tren apareciera,
Zapean y otras familias mexicanas junto a las vías compartieron conversaciones,
café y tortillas con los migrantes que estaban esperando. Zapean le
dio un par de zapatos a una mujer cuyas sandalias plásticas se habían
roto. Una familia oró con un joven nicaragüense, aconsejándole
que pusiera su fe en Dios y que se mantuviera despierto para sujetarse bien
del vagón. Muchos migrantes resbalan cuando tratan de montar al tren
en movimiento y pierden un brazo o una pierna, o más, bajo las pesadas
ruedas de acero. Prácticamente todas las semanas alguien se accidenta
o se mata tratando de subirse al tren en Tapachula. Otros se duermen después
de varias horas de andar y se matan al caer del tren. La familia le trajo
al muchacho una taza tras otra de café.
Se ha hablado mucho de la crueldad de los mexicanos hacia los
migrantes. Pero no todo es asi. Hay inumerables ejemplos de solidaridad. Vayan
al sitio web del Los Angeles Times y vean las fotos que ganó Don Bartletti
el Premio Pulitzer el año pasado, fotos de migrantes centroamericanos
pasando por Mexico. Tiene imagines de unos mexicanos en las montañas
mas al norte que salen a encontrar el tren, equipado con sueteres y comida
que regalan a los migrantes. Hay una foto que tiene una mano mexicana con
naranja extendida hacia una mano centroamericana al momento preciso en que
la mano centroamericana toca la naranja. Todo lo demas está fuera de
enfoque, y asi debe ser, porque en este momento la solidaridad es la unica
cosa que cuenta.
Este tema de la solidaridad transfronteriza me parece clave.
El pueblo se mueve. Como respondemos? En cuestiones de desarrollo, ¿como
estamos aprovechando de las remesas, que son mucho mas democraticos que otras
formas de divisa, como un motor de desarrollo en las comunidades de origen?
En cuestiones políticas, ¿que estamos haciendo para contrarrestar
la tremenda palanca que saca en las negociaciones sobre CAFTA la administracion
norteamericano del hecho que tienen milliones de personas sin papeles en el
norte? En cuestiones familiares, ¿que podemos hacer para ayudar a las
familias centroamericanas a encontrar a los y las migrantes desaparecidas?
En cuestiones personales, ¿que podemos hacer a lo largo del tramo migratorio
para encarnar el concepto Litterae comunionis que usaba la iglesia primitiva
cuando un miembro se iba para otro lado? Y las preguntas siguen. Los desafios
pastorales son tremendos. Pero, apurense. El tren viene pronto.
La policía de Tapachula patrulla junto a las vías antes de que
el tren arribe, me contaron los residentes. Esa noche, cuando alrededor de
la diez aparecieron los primeros vehículos policiales, los migrantes
desaparecieron por los pasillos vecinos. Varios treparon la pared del cementerio
y se escondieron entre las tumbas. La policía me preguntaron qué
estaba haciendo allí un periodista extranjero y se comunicaron con
el destacamento para avisar que se les estaba observando.
Cuando el tren finalmente apareció a medianoche, sólo un policía
seguía vigilando mientras cientos de migrantes emergían junto
a las vías, corriendo desesperadamente para coger el tren. Aquellos
que lograron subirse saludaron riendo mientras el tren aceleraba, pensando,
quizás, que a pesar de las historias y baladas que afirmaban lo contrario,
este tren sí, en las palabras de Woody Guthrie, era "bound for
glory."
Adán Velásquez era uno de los
que me saludaban. Un hombre de treinta y dos aZos, mayor en edad que la mayoria
de los migrantes, él es oriundo de Usulután, El Salvador. Relativamente
un veterano entre los migrantes, Velásquez una vez llegó hasta
Miami, donde trabajó varios meses antes de regresar a su esposa y ocho
hijos. Pero los terremotos a principios de 2001 habían arrasado su
casa y Velásquez me contó que se había sentido abrumado
por los gritos de hambre de sus niños. "Quisiera quedarme en casa,
pero allí no podemos sobrevivir", me dijo. Entonces decidió
irse otra vez. Mientras esperaba el tren, Velásquez le explicó
a un grupo de diez jovencitos cómo agarrarse del tren cuando éste
llegara. Ninguno de los otros jamás había emigrado. El consejo
de Velásquez les dió esperanza.
Después de alejarse el tren hacia el norte, Zapean y
su esposo, Luis, me dieron las buenas noches. "Que Dios los acompañe",
dijo Zapean, como una oración, mientras se escuchaba en la noche el
eco del lejano silbato del tren.
Al día siguiente me enteré de que la policía y la migra
habían montado "una emboscada", como la llaman los migrantes,
unos veinte minutos más tarde. Detuvieron el tren y lo rodearon, y
casi todos los migrantes fueron capturados. Me dirigí al lugar donde
la migración detiene a los migrantes pero no pude encontrar ni a José
René López ni a Adán Velásquez. ¿Habían
podido escapar y seguir hacia el norte? ¿O los habían arrestado
y enviado de regreso a sus casas?
Nieves Girón es uno de los que fue regresado,
pero no de Mexico. De los Yunai. Él baja del avión norteamericano
en la pista del aeropuerto Toncontín en Tegucigalpa. Camina lentamente
en las gradas, porque no tiene ni su cinturón ni los mecates para sus
zapatos. Los "marshalls" gringos se los quitaron, para evitar que
el campesino flaco de 43 años hiciera algo peligroso.
Es la primera vez en avión para Girón, quien unas semanas atrás
vendió su pequeña parcela afuera de Tegucigalpa, dejó
a su mujer y cinco niños con familiares, y pagó un coyote para
llevarlo al norte. Usó todo el dinero de la venta para subsidiar el
viaje a sus sueños. Pero el sueño se convirtió en pesadilla.
El coyote lo abandonó, y tuvo que pasar por Mexico pidiendo limosna
para comer, aguantando sueno para no morir en los trenes. Pero si llegó
a la frontera, y la cruzó rumbo a Tucson, donde un primo le había
prometido trabajo.
El problema era que Girón no sabia como evitar la migra,
y lo agarró caminando en la calle su primer día en el norte,
muy cerca a la frontera. Pasó unas semanas en la cárcel, y después
regresó a Honduras con nada, solo experiencias. Pero las experiencias
no se convierte en comida, al menos para periodistas.
Cuando llegó Girón a Toncontín, fue recibido en el Centro
de Atención al Migrante Retornado. As un ministerio de la iglesia católica,
patrocinado con unos dolares de la AID. Después de su experiencia alienante
con los marshalls, se nota la diferencia de actitud adentro. Una trabajadora
del Centro se dirige a los migrantes, una vez que tengan café y pan
en sus manos. "En cuanto sus familiares no pueden estar hoy para recibirles,
queremos darles la bienvenida a casa con cariño. Han pasado una trayectoria
muy larga y peligrosa, y estamos muy felices que hayan regresado sanos y salvos."
Son las palabras de Claudia López, del pastoral de movilidad humana.
La iglesia recibe a Girón, pero ahora el campesino no
tiene parcela, no tiene dinero, pero si tiene familia hambrienta. ¿Que
les puede ofrecer la iglesia a parte de café, pan, y una bienvenida?
Flor María Rigoni es una cara que ningún migrante puede olvidar.
Parece Jesús, pero habla como mafioso. Es cura italiano, de estos tremendos
escalibrinis que han dado sus vidas para los migrantes. Desde su posición
en Tapachula, Rigoni vea pasar día tras día un rio de migrantes.
Él dice que la actitud de la iglesia hacia los migrantes está
cambiando. "El migrante ha pasado de ser un problema a ser un sujeto
histórico, la palabra de Dios que habla, un rostro de Dios. Si yo quiero
conocer a este Dios que se mueve, entonces tengo que conocer este rostro de
Dios en el migrante", dice el padrecito.
Es buena noticia. Los y las migrantes ya no son objetos, sino
sujetos históricos. Pero, en nuestros medios de comunicación,
¿estamos tratandolos así? O, ¿todavía estamos hablando
por ellos, sobre ellas? ¿Como podemos pasar la palabra a ellos, a ellas?
¿Que podemos hacer para que hablemos menos nosotros y hable mas este
Dios que se presente en cada migrante?
-fin-
Ponencias del Seminario |
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