Los Migrantes como un espejo del Mundo Actual: ¿Por qué contar sus historias? ¿ Y cómo?
Laura Carlsen

12 de marzo de 2004, Tecún Umán

Quiero agradecer a la Asociación Mundial de Comunicación Cristiana y a todos los presentes, la oportunidad de estar aquí con ustedes en este importante y oportuno evento. Hoy es orto día 11 de tragedia mundial. Lo menciono aquí porque es imposible no tener presente un acontecido tan terrible y porque se sabe que entre los casi 200 muertos y 1,400 heridos hay muchos migrantes latinoamericanos que trabajan en Madrid e iban a trabajar esta mañana en los 4 trenes de la muerte. El gobierno español tuvo que emitir un mensaje a esta gente para decirles que teman acudir a los centros de salud. Esto nos muestra que la crisis la situación de los migrantes se vuelve aun más vulnerable y precaria y también nos muestra que los migrantes casi solo aparecen en los medios en los momentos de crisis.

Me llamó mucho la atención el título de la plática que pusieron: "Los Migrantes como un espejo del Mundo Actual: ¿Por qué contar sus historias y cómo?"

Desde el periodismo y desde la política, se suele pensar en la migración como un fenómeno del sistema de globalización, y una consecuencia tanto de los procesos de integración económica como de acontecimientos políticos específicos. La migración se ve inmersa en un conjunto de fuerzas que se ejercen, con relaciones sencillas o no tan sencillas de causa y efecto, sobre las personas. Se habla de fuerzas de expulsión, circuitos de movilidad, integración de mercados de mano de obra, ventajas comparativos, etc.

En todo esto, el migrante y la migrante aparecen como los peones en el tablero de ajedrez, piezas que se muevan al antojo del capitalismo transnacional sin mayor complejidad ni voluntad propia. En este esquema los migrantes no son un espejo, sino algo como la materia prima de una obra ajena.

Para ver el reflejo del mundo en el migrante se tiene que buscar no tanto en sus movimientos--que son generalmente el interés principal de los reportajes y las políticas-- sino en su vida misma. Y allí es donde se encuentra el microcosmos de las contradicciones, conflictos y cambios que caracterizan el mundo actual.

La vida globalizada
La raza humana jamás ha sido sedentaria. Antes del descubrimiento de la agricultura, las tribus se movían constantemente en búsqueda de plantas y animales para sostenerse. Después, las guerras, la exploración, los desastres naturales, el exilio y un sinfín de razones contribuyeron a la continuación de sus costumbres nómadas en el mundo.

A pesar de esta historia, podemos decir que la migración de hoy es diferente.

Primero, porque es en gran parte una migración forzosa. Los ajustes estructurales en nuestros países fueron planeados tomando en cuenta la relocalización masiva de poblaciones enteras. En un ensayo titulado "La gran migración" Hans Enzensberger dice: "sólo desde que la historia se ha convertido en historia mundial se ha condenado a pueblos enteros, declarándose superfluos... Las sentencias se dictan en voz alta y se ponen sistemáticamente en práctica, de modo y manera que a nadie le puede quedar la menor duda del destino que le ha sido asignado: éxodo ó emigración, destierro o genocidio."

Esto pasa sobre todo con los campesinos en las comunidades rurales. Al principio del TLCAN un representante agrícola de EEUU en una entrevista que le hice me dijo tranquilamente que el acuerdo implicaría la relocalización de unos tres millones de pequeños productores. No le preocupaba demasiado el destino de estos millones de personas, ni el impacto que tuviera en las regiones indígenas y mestizas donde constituían el tejido social y cultural de miles de comunidades campesinas. No llegaron a ser 3 tres millones afortunadamente, pero hoy miles de ellos son migrantes, que han salido de sus pueblos porque no les quedaba otra opción.

Sin embargo, no toda la migración a los Estados Unidos es forzosa. Sigue vigente para muchos el gran sueño americano, que promete la prosperidad, la libertad y una nueva vida al otro lado de la frontera. Los medios de comunicación y la industria de la cultura transmitan sin cesar las imágenes de la buena vida en EEUU. Muchos migrantes alcanzan un nivel de vida de la clase media o arriba y participen en el sueño, otros jamás lo alcanzan, y algunos otros lo alcanzan y no les gusta. La mera posibilidad, reforzada por los mensajes mediáticos, basta para seguir alimentando el sueño y atrayendo a los soñadores. Es importante tomarlo en cuenta en el momento de contar las historias--no todos son los más pobres que migran y no es siempre la desesperación que los motiva.

Otra diferencia entre la migración de hoy y la de antes es que hoy en día es producto de una decisión individual, o en todo caso, familiar y no de tribu. Las grandes migraciones del pasado eran colectivas. Los exilios que narra la Biblia y los acontecidos en la historia son protagonizados por grupos que han tomado la difícil decisión de huir frente a la injusticia o la miseria, en búsqueda de nuevas oportunidades, ó a la búsqueda de la tierra prometida.

El carácter colectivo de la migración le daba a los migrantes de antaño muchas ventajas que los migrantes de hoy no tienen. Se conservaba la unidad, la comunidad para trasplantarla en el nuevo lugar de asentamiento; a pesar de las penurias conservaban su identidad, la solidaridad y el liderazgo como herramientas de sobrevivencia. Seguían siendo en el exilio, un pueblo.

Además tenían la autoridad moral de ser víctimas. Huían del rey celoso, del hacendado cruel, de la agresión violenta; portaban por delante la bandera de los oprimidos. Eso servía para construir el mito fundacional en la nueva tierra--es el caso de los peregrinos colonialistas de EEUU y el pueblo de Moisés y muchos otros más.

Los migrantes de la globalización moderna, al contrario, buscan rehacer sus vidas, no la de la comunidad o del pueblo. Salen de sus lugares de origen, expulsados por fuerzas invisibles que se disfrazan de culpas propias. Se van porque "no son productivos," porque no pueden competir, porque carecen de "ventajas comparativas." En lugar de llevar consigo la ira justiciera de los oprimidos, llevan muchas veces una sensación de vergüenza por haber de alguna manera fracasado.

En el pasado la gente migraba para salirse de un régimen injusto, con la expectativa de encontrar una tabula rasa en donde escribir una historia nueva. Buscaron escaparse de la opresión, de la esclavitud, o de la miseria y dejar atrás los lastres del pasado.

Ahora no es así. Los migrantes al migrar quedan dentro del mismo sistema mundial que los expulsó de sus hogares. No hay escape. Si bien pueden encontrar nuevas condiciones de vida, no importa la distancia que transiten sólo pueden esperar acudir a otra perspectiva dentro del mismo sistema. Por eso, a menudo encuentran condiciones muy parecidas a las que dejaron atrás--el trabajo de campo agotador y mal pagado, la falta de derechos, la explotación. En sus vidas, los migrantes reflejan este sistema de gran movilidad y poca posibilidad de cambiar de posiciones reales.

La ambigüedad de las fronteras
Otro rasgo particular de la migración hoy en día es que con la globalización las fronteras nacionales han adquirido una ambigüedad como atributo principal. La ambigüedad se refleja hasta en la forma física de la frontera. Hace poco, iba manejando por la línea que separa Baja California de California. En ciertos puntos, la frontera está marcada por una cerca enorme, doble o triple, repleta con guardias, luces y alambre de púas. En otros lugares a unos kilómetros de distancia, se reduce a una malla rota y un letrero mal escrito en una colina. Es una frontera hecha para prohibir y permitir el paso a la vez.

Su confusión de propósito viene de una ambivalencia más general. Por un lado, la globalización tiende a borrar las fronteras, la soberanía y la integridad de los estados nacionales. La integración económica suprime las barreras entre las economías y las diferencias culturales se disminuyen. En México este proceso se ve en la vida cotidiana; la comida, las películas, la música-- todo se ha vuelto mucho más internacional y menos mexicano comparado con 15 años atrás.

En contraste y al mismo tiempo, la frontera física se fortalece contra la gente de afuera. Desde el 11 de septiembre, la frontera a EU ya no se ve como una zona de integración sino como un foco rojo en la lucha antiterrorista. También la frontera sur de México, en parte para complacer al gobierno estadounidense.

Este proceso contradictorio tiene un corolario en la experiencia del/la migrante. Su historia de vida ya no se desarrolla en un solo país--sus experiencias, recuerdos y sueños ahora incluyen paisajes de dos o tres países y rebasan las fronteras nacionales. En este sentido, las fronteras se diluyen, no presentan el límite absoluto a la movilidad y a la imaginación que antes.

Sin embargo, ellos enfrentan obstáculos cada vez mayores para cruzar las fronteras. Con los refuerzos en la frontera se incrementa el riesgo para los migrantes. En los últimos cinco años más de 1,500 han perdido la vida cruzando desde México hacia EEUU. Al mandarlos al desierto, enfrentan los riesgos de insolación, deshidratación y agotamiento. Además de las medidas de seguridad, el costo del viaje y el riesgo a manos de coyotes y personas que abusan de los migrantes han incrementado enormemente.

Ahora es muy probable que las medidas de seguridad y anti-migrantes en la frontera vayan a incrementar a la raíz del nuevo ataque. Este ataque como el anterior rompe las reglas básicas de la convivencia mundial y el gobierno actual de los EEUU en lugar de reaccionar tomando pasos para reparar y reconstruir esta convivencia reaccionar desatando cadenas de agresión y venganza y utilizan el miedo para justificar la represión a su propia gente.

La frontera ambivalente--barrera y vereda la vez--en lugar de quedar atrás se profundiza una vez llegada al otro lado. El/la migrante se da cuenta que no ha dejado el país de origen, que este ha viajado con el o con ella al nuevo país. Algunos siempre llevan la comunidad de origen en la mira, y planean regresar a la primera oportunidad. Así, la comunidad desterrada encuentra terreno fértil para volver a arraigarse en el nuevo lugar y establece nuevas raíces. Las asociaciones de oriundos, los proyectos de desarrollo comunitario de los migrantes, los circuitos de migración que jalan a parientes y compadres, la reproducción de la cultura, las remesas que se envían a casa, o simplemente la nostalgia--todas son señales de la manera en que los vínculos con el país de origen pueden cobrar fuerza en el exilio.

Tanto en el mundo externo como en el mundo interno del migrante ya no es tan sencillo estar solamente de un lado u de otro.

¿De que sirve esta reflexión y por qué contar las historias de los migrantes?

Si son un reflejo del mundo, contamos sus historias para ver mejor al mundo.

Primera es la necesidad de poner una cara humana al asunto de la inmigración. La inmigración es una historia (o más bien miles de historias) de pobreza, de familias separadas, de vidas desarraigadas. No puede concebirse en los mismos términos que, por ejemplo, la importación y exportación de bienes. A través de proyectar las voces de los y las migrantes se puede empezar a derrumbar los prejuicios racistas y mostrar la humanidad que compartimos. Las historias fidedignas ayudan a romper las tendencias crecientes de xenofobia en los países receptores, y cortar la distancia peligrosa entre los autóctonos y los forasteros que siempre es una distinción basada en creencias políticas y sociales más que lugares de origen.

La responsabilidad del periodismo es entender también que esta cara tiene muchas expresiones. Para pasar de ser imágenes de cartón--de sufrimiento, de "ilegales"--es necesario contar todas las historias de los migrantes en su gran diversidad. Si por un lado se celebra la memoria de los que mantienen sus vínculos con sus comunidades de origen, por otro hay que contar las historias de los que buscan asimilarse.

Al retratar a los migrantes el periodismo comprometido también busca reformar las políticas migratorias. Informar, formar opinión pública e influir en la política son tareas que pueden llevar a cambiar las difíciles condiciones que enfrentan los migrantes.

El blanco principal es Estados Unidos, donde la política migratoria es resultado de un complicado manejo político y social de un mercado negro de mano de obra. Por un lado, hay una evidente demanda de trabajo, y conviene que la contratación sea bajo condiciones de ilegalidad que vuelven indefensos a los trabajadores migrantes porque resulta más barata. Por otro lado, existe la terrible contradicción entre la criminalización de los migrantes y su utilidad en la producción. Sobre todo en los estados fronterizos, existe un “mensaje mixto” que dice “son mexicanos (hasta usan la palabra “alíen” como si fueran de otro planeta y no del otro lado de una cerca en la colina o un río) que viene a robar nuestros trabajos y alterar nuestras comunidades”.

A la vez, la realidad es que los indocumentados ya forman parte indispensable de las comunidades, allí están los trabajos, esperándolos, y allí están sus familiares. Resulta que esta población superflua juega un papel clave tanto en la economía del país receptor como en México, donde las remesas son ya la segunda fuente de ingresos.

En el caso de los inmigrantes centroamericanos, la historia ha sido un poco diferente. Ellos también enfrentan una terrible contradicción en el momento de migrar a los Estados Unidos, pero es otra. Muchos sobre todo en el pasado, buscaban refugio en el mismo país que tuvo gran responsabilidad en crear y propiciar las condiciones de las cuales tuvieron que refugiarse. La política exterior de EEUU en Centroamérica ha sido, como todos sabemos, una política de guerra. El financiamiento de los contra nicaragüenses, el apoyo a la represión en El Salvador, la cooperación con las campañas de genocidio en Guatemala—esto ha sido la política de EEUU en Centroamérica y su legado ha sido una ola de refugiados que fueron a menudo rechazados a pesar de cumplir con todos los requisitos legales para refugiados políticos. Aceptarlos hubiera sido aceptar responsabilidad por las políticas de intervención y violencia que se llevaban a cabo en sus países de origen, y nadie quería hacer esto. Así que la imagen de los migrantes centroamericanos que se vendía a los medios fue de unas personas que habían hecho un desastre (solitos, por supuesto) de su propio país y ahora querían disfrutar de la gran democracia y prosperidad americana.

Esta contradicción tan burda generó una respuesta de la sociedad civil. El movimiento para ofrecer santuario y solidaridad a los refugiados--en contra de las leyes oficiales--dio otro significado a la migración centroamericana y no permitió que la versión oficial dominara el discurso.

Desgraciadamente, estamos a punto de presenciar otro caso parecido. Después de todo tipo de intervenciones estadounidenses en Haití, el gobierno ha caído y los haitianos enfrentan una situación de ingobernabilidad, violencia prolongada, e inseguridad generalizada. Muchos haitianos intentarán salir para salvarse la vida. Y se encontrarán, a pocos kilómetros de sus costas con el Coast Guard de EEUU, que los obligará a regresar a una situación de gran riesgo que EEUU contribuyó a crear. Otra vez, van a obviar las leyes internacionales sobre la obligación de recibir refugiados y con el afán de mantener las playas de Florida limpias para las elecciones de noviembre, van a volver a los haitianos al desastre en que se ve envuelto su país, con la ayuda del gobierno estadounidense.

Cuando ponemos nombres y apellidos a estos dilemas, se reconocen en su justa dimensión humana y no sola como flujos demográficos o políticas fronterizas. En las últimas décadas los migrantes han sido retratados según la política de moda. Han pasado de ser braceros a "illegal aliens," y más reciente de criminales a terroristas. Es hora que asuman su propia imagen.

Para el periodismo comprometido con la lucha por los derechos humanos, el problema no es tanto como contar las historias de los migrantes, sino como abrir espacios para que ellos mismos cuenten sus historias. La experiencia de la migración--la expulsión de su hogar, la búsqueda de una vida mejor, las mil y una tragedias personales que son el preámbulo a la toma de una decisión personal tan riesgosa--todas esas no son experiencias que la mayoría de los y las periodistas hayan vivido en carne propia. No se debe interpretarlas o filtrarlas por un lente profesional, sino abrir los espacios para que salgan sus voces tan directamente como sea posible.

El problema es cómo abrir los espacios. Yo ahora estoy en una posición privilegiada que tiene compromiso y tiene su propio sitio así que donde podemos definir el contenido de la publicación. Eso no es el caso para la mayoría de los periodistas. Se me ocurren algunas ideas desde mi experiencia que pueden funcionar porque es una lucha constante. A pesar de ser un fenómeno tan importante en el mundo hoy, migración no es noticia para los medios, menos si mueren muchos o pase alguna tragedia. Entonces si hay algunas cosas que podemos pensar. Uno sería insertar el tema en la coyuntura nacional o regional. Eso lo estamos viendo ahora con las elecciones. Como los candidatos tienen que opinar sobre la política migratoria, nos da una oportunidad de llevar este debate político al público en víspera de las elecciones. Otro sería abrir espacios permanentes para el tema de migración en los medios. La mayoría de los medios tradicionales ni siquiera tiene fuentes sobre migración. La está cubriendo la gente de las regiones en donde se concentra la migración y sale por partes y sale solamente cuando hay eventos muy importantes relacionados con el tema y no hay un seguimiento y análisis permanentemente de lo que está pasando. Si pudiéramos abrir fuentes para llevar la historia con más continuidad en los medios esto sería un logro importante o inclusive crear suplementos semanales o mensuales dedicados al tema de migración para abrir más espacios.

Otra opción son los medios electrónicos. El Internet ha abierto un mundo de oportunidades para la comunicación que hace relativamente poco ni imaginábamos. Ahora nosotros no hacemos casi publicaciones en papel. Y no solo subimos el material a nuestros sitios, sino otros sitios de allí toman artículos y los suben a sus sitios y redes, y se va multiplicando. Los medios impresos, los periódicos o revistas, también de ahí pueden pedir artículos para publicar. Finalmente, uno puede establecer contactos con las instituciones gubernamentales y académicos para que cuando salgan nuevos estudios, estadísticas, o tendencias nuevas de la migración puede servir de gancho para publicar artículos sobre migrantes en donde uno puede meter las voces de los migrantes que de otra manera tienen pocas posibilidades de salir.

Es parte también del esfuerzo para que el público asocie la inmigración con seres humanos, lo cual es evidente sin embargo, la gran cantidad de estereotipos, prejuicios y racismo que trae la imagen del migrante ha ofuscado esta realidad.

Finalmente, estamos aquí para hablar del derecho del migrante a la comunicación. Dentro de todos los derechos de migrante que se violan cada día, a algunos este puede parecerse menos importante. No es así. La palabra, la comunicación, siempre ha sido desde hace milenios la clave para marcar la diferencia entre el "nosotros" y el "ellos" en una sociedad. Es común en todas partes del mundo, y es el caso de casi todos los pueblos indígenas en México, que el grupo autóctono designe a los demás como "mudos" y a si mismo como gente verdadera. Los indios nahuas llamaron a los miembros de las tribus vecinas popolaca (tartamudos) y mazahua (los que braman como los ciervos). Los rusos pusieron a los alemanes nemec, también derivado de mudo; para los griegos los no-griegos eran bárbaros--balbuceante, tartamudo. En cambio, la palabra para nosotros en el pasado suele ser un derivado del término "seres humanos," o los verdaderos. Es decir, los que se comunican entre sí son realmente humanos y pertenecientes--la palabra compartida es la esencia de la humana.

Negar la palabra, negar el derecho de comunicar es negar la humanidad de un grupo de personas. Y eso es lo que pasa con los migrantes. No es casual que muchos de las luchas mas importantes a favor o en contra de los migrantes se tornan en la cuestión del idioma. Las campañas de "English only" y en contra de los programas de educación bilingüe buscan forzar una disyuntiva--dejas de ser quien eres o sigues siendo forastero, sin voz ni voto.

Es jun momento en que tenemos una gran responsabilidad de contar las historias de las y los migrantes, ampliar y difundir su voz, y consolidar el movimiento a favor de sus derechos humanos. Sobre todo ahora la tarea es urgente.

 
Ponencias del Seminario
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