El costo humano de las remesas, por IDHUCA, El Salvador

Una de las consecuencias más visibles e inmediatas del proyecto que impulsa el gran poder económico del país y que padece la gran mayoría de nuestra población, es la ausencia de oportunidades de desarrollo humano. De ahí que la huida de compatriotas hacia otras tierras —esa gente que acá no encuentra posibilidad alguna de subsistencia— sea algo de lo más lamentable, peligroso y sobre todo cotidiano. Si fijamos la mirada en la historia reciente de El Salvador, veremos que las políticas excluyentes impulsadas desde antes del fin de la guerra y consolidadas en la etapa posterior, han provocado la huida masiva de centenas de miles de personas. Muchas de éstas son las que, hace ya algunas décadas, creyeron en y trabajaron por la transformación real y profunda de esta sociedad; a estas alturas y después de su odisea —la mayoría viviendo en condiciones precarias dentro del territorio estadounidense— es muy probable que estén frustradas, cansadas y distanciadas de aquella lucha.

Y es que esa gente creyó lo que le dijeron unos y otros, hace más de doce años. “¡Ganamos la paz!”, cantaban; “¡Viva el nuevo El Salvador!”, gritaban. Sin embargo, permaneció la guerra del hambre y la violencia para los más que menos tienen, frente a la concentración de riqueza y la impunidad para los menos que más tienen; así se siguió castigando al pueblo salvadoreño, sobre todo a su niñez y juventud. En ese entorno y ante la ausencia de ideas e iniciativas para superar tal situación, una enorme cantidad de salvadoreñas y salvadoreños prefirió seguir arriesgándose en una marcha sin fin hacia el norte de América, en lugar de continuar esperando el famoso “rebalse” por mínimo que este pudiera ser. Pero acá, lo único que rebalsa es el agua de los ríos durante la temporada lluviosa para arrastrar las “champas” de la pobrería que vive en sus orillas y para poner al borde del colapso los embalses de las grandes hidroeléctricas.

Por eso, el principal producto de exportación nacional está constituido por las personas que diariamente emigran a otro país en busca de la mínima oportunidad de empleo y alguna posibilidad de desarrollo. Antes la gente se organizaba para luchar por cambiar la realidad; ahora también lo hace, pero para viajar a Estados Unidos de América. Antes hubo un vasto y combativo movimiento social; ahora lo que hay es un enorme y creativo movimiento migratorio. ¿Por qué? Por el tipo de políticas públicas que sólo privilegian a unos pocos y que ha sido constante en la historia salvadoreña.

De ahí que la confirmación electoral por cuarta vez consecutiva del proyecto impuesto por el Partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), no tenga nada de nuevo desde nuestra perspectiva. Por mucha propaganda que nos obliguen a soportar, aun finalizadas las elecciones, no podemos creer que está a punto de llegar el paraíso que el Presidente electo promete. “Hombres de poca fe” nos dirán, como antes Joaquín Villalobos nos dijo “antisistema” por pedir justicia para sus víctimas cuando fue guerrillero y para las del aparato estatal. Sería una verdadera gran sorpresa que al tomar posesión del cargo, Antonio Elías Saca adopte decisiones de política económica distintas a las actuales.

Porque después del mal gobierno de Francisco Flores —quien ha intentado presentar como héroes a la gente que expulsa ese sistema asfixiante del cual es parte– el país está sumido en una grave crisis que no ha explotado, aún, por el dinero de las remesas. En los “medios de manipulación masiva” se habló mucho de éstas durante la campaña electoral recién pasada, con el evidente propósito de favorecer a ARENA y perjudicar al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); sin embargo, muy poco se ha dicho sobre la situación personal y las condiciones de vida de aquellos y aquellas que un día se lanzaron a buscar el llamado “sueño americano”. Un estudio publicado hace poco comenzó a borrar la imagen oficial de nuestros “hermanos lejanos” exitosos, descubriendo y describiendo la pesadilla que padece la mayoría.

El documento revela, con argumentos y cifras, una buena parte de esos rostros humanos sufriendo; de esos rostros dolidos que siempre han tratado de esconder quienes se lucran, en serio y en abundancia, con ese sacrificio. Así, la investigación constata y revela que —a pesar de las precarias condiciones en las que subsisten nuestros y nuestras compatriotas— buena parte de esa gente ya comenzó a echar raíces en su actual lugar de residencia. Una nueva generación de salvadoreñas y salvadoreños que sólo conocen el país de sus padres por fotografías o Internet, es un hecho objetivo fundamentado por las estadísticas.

Eso sí, se habla bastante de su participación aunque no hagan nada —las entidades estatales— para que sea una realidad. ¿O se ha discutido siquiera formalmente, para citar algo, lo relativo al voto de esta gente? No, pero la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) ya plantea su participación directa en los asuntos económicos. En esa línea, el “tanque de pensamiento” de la gran empresa privada nacional habla de “reorientar” las remesas. En realidad, lo que busca es mantener el envío de éstas y para ello propone otorgar facilidades crediticias o que “los hermanos lejanos” puedan recibir y gastar acá el dinero de la jubilación obtenida allá.

¿Cuál es el camino a elegir?: ¿El del envío de remesas controlado por el gobierno o el de la participación plena, tanto en las decisiones económicas como en las políticas, para quienes constituyen el salvavidas de la economía “nacional”? Esa discusión debió darse antes de las elecciones recientes; pero como se retorció premeditadamente el abordaje del tema “remesas”, ahora tiene que impulsarse como es debido. Sorprende este ejercicio de cinismo democrático que pretende aparecer como participativo, cuando nunca antes se le dio —al colectivo de compatriotas en el exterior— la mínima oportunidad para influir en el rumbo del país.

En ese marco, el embajador salvadoreño en Washington —quien, sin asomo de vergüenza, hasta el último minuto hizo abierto proselitismo a favor del ahora Presidente electo— declaró públicamente que es seguro el voto de las y los salvadoreños residentes en el exterior para las elecciones del 2009. Semejante anuncio muestra el nivel de manipulación gubernamental. ARENA sabe perfectamente que debe congraciarse con quienes constituyen el “otro El Salvador”; de lo contrario, su proyecto económico se hunde. Por tanto, semejante noticia lanzada con bombo y platillo apunta hacia esa dirección.

Pese a lo que representan las remesas para las familias que las reciben y para quienes se lucran con éstas, poca gente desea o puede escuchar cuál es su costo humano. Esos dólares enviados vienen manchados por humillaciones y maltratos de todo tipo, salarios bajos para el medio y formas aberrantes de discriminación. ¿Por qué es posible que suceda? Por una vulnerabilidad que se funda en la falta de documentos, el temor o simplemente por ignorar el sistema legal en el cual viven. Además, cada remesa también significa —para nuestra gente fuera del país— vivir en el hacinamiento y la promiscuidad para ahorrarse la renta, suprimir algún tiempo de comida y jugar “escondelero” todo el tiempo para evitar la deportación.

Ante esta situación, mucha de la población salvadoreña en el exterior reconoce que cuando emigró lo hizo para superar una crisis económica de corto plazo. Sin embargo, estando allá esa gente se dio cuenta que no hay esperanza ni futuro si regresa a su tierra natal. No pueden retornar. ¿A qué? ¿Para qué? En el mejor de los casos, vienen de visita, por el afecto familiar y la nostalgia. Pero, ¿quedarse? No.

Por si fuera poco, en este río revuelto siempre hay pescadores que hacen de la miseria y la desesperación un negocio lucrativo. Tal es el abatimiento popular, que ahora es considerado un auténtico líder de su comunidad quien comercia con la necesidad de la gente. La reciente absolución de Narcisco José Narciso Ramírez –conocido como “Chicho” y procesado por tráfico de personas indocumentadas– es un ejemplo de ello. Igual pasó hace años con el famoso narcotraficante mexicano, Rafael Caro Quintero. ¿Y por qué nos extraña que se den esas cosas si grandes delincuentes —de cuello blanco o de traje de fatiga— son “líderes” o “analistas” en el “nuevo El Salvador”? Esas son las ironías de un país donde los desterrados por su economía, que son mayoría, sostienen las riquezas y privilegios de una minoría.

Para más información: http://www.uca.edu.sv/publica/idhuca/

   
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